La provincia de Buenos Aires concentra el 40% de los homicidios del país y el 60% de los delitos contra la propiedad. Durante la gestión de Kicillof, la tasa de homicidios se mantuvo alta, el delito callejero creció y el narcotráfico en el conurbano se expandió sin control. Los datos del Ministerio de Seguridad provincial muestran que los delitos no bajan pese al aumento del presupuesto.
Kicillof heredó una situación compleja de María Eugenia Vidal, pero su gestión no ha logrado revertir la tendencia. La policía bonaerense sigue teniendo problemas estructurales de formación, equipamiento y corrupción interna. El sistema penitenciario está colapsado: hay más de 50.000 detenidos en comisarías (sin condena, en muchos casos), en condiciones de hacinamiento que la Suprema Corte bonaerense calificó de inhumanas.
El gobernador ha respondido con más presupuesto para seguridad (el mayor de la historia provincial) pero sin reformas estructurales. No hubo una reforma integral de la policía, ni un plan de construcción de cárceles acorde a la demanda, ni una política de prevención del delito coordinada con los municipios.
La seguridad no es solo responsabilidad de Kicillof —el narcotráfico es un problema federal— pero la provincia es donde la crisis se manifiesta con mayor crudeza. Y la respuesta del gobernador ha sido más de lo mismo: más recursos, pero sin cambiar el modelo de gestión.
La provincia de Buenos Aires tuvo déficit primario todos los años de la gestión de Kicillof y déficit financiero todos los años entre 2012 y 2024: $7.387 millones en 2020, $25.336 millones en 2021, $51.548 millones en 2022, $388.719 millones en 2023 y $698.711 millones en 2024, según datos de ejecución presupuestaria del Ministerio de Economía.
El problema no es solo fiscal: es económico. La provincia concentra el 49% del PIB industrial argentino, así que lo que se cobra a la producción bonaerense tiene alcance nacional. Su presión tributaria efectiva es 7,2% del PBG, tercera del país detrás de Misiones (12,9%) y Tucumán (8,0%): no es la más alta. En la Ley Impositiva 2025 el Ejecutivo no impulsó cambios de alícuota en Ingresos Brutos.
Kicillof argumenta que 'no tiene margen' porque el gobierno nacional (primero con Fernández, luego con Milei) no le transfiere los fondos que necesita. Es cierto que la provincia está infrafinanciada en términos de coparticipación. Pero la respuesta de Kicillof ha sido siempre la misma: aumentar impuestos, no reducir gasto ni mejorar la eficiencia del Estado.
No hubo racionalización del gasto ni reforma del Estado. Cuánto crecieron el gasto real y la planta de empleados públicos en el período no está documentado en las fuentes consultadas (por verificar). La política fiscal de Kicillof fue más gasto, más déficit y más dependencia de transferencias.
Kicillof fue ministro de Economía de Cristina Kirchner en el período 2013-2015, cuando el modelo económico K mostraba los peores desequilibrios: inflación alta, cepo cambiario, controles de precios, déficit fiscal, pérdida de reservas. Ese modelo llevó al triunfo de Macri en 2015 y, después del paréntesis macrista y albertista, al triunfo de Milei en 2023.
Como gobernador, Kicillof ha replicado elementos de ese modelo en la provincia: aumentos de impuestos, expansión del gasto público, intervencionismo en mercados locales, confrontación con sectores productivos. No aprendió nada de la experiencia nacional.
La pregunta para 2027 es si Kicillof, como potencial candidato presidencial, ofrecería una vuelta al modelo que el país ya rechazó dos veces (2015 y 2023). No hay señales de que haya modificado sus convicciones económicas. Sus conferencias y escritos siguen defendiendo las mismas ideas: intervención estatal, control de capitales, industrialización sustitutiva.
El problema no es que Kicillof tenga convicciones: es que sus convicciones son las mismas que llevaron a Argentina a la crisis. Si quiere ser una alternativa de gobierno, debería explicar qué haría diferente. Hasta ahora, no lo ha hecho.
Kicillof es hoy la figura más poderosa del kirchnerismo con cargo electivo. Gobernador de la provincia más grande del país, reelecto, con alto nivel de conocimiento público. Sin embargo, su liderazgo está condicionado por su dependencia de Cristina Kirchner.
Todas las decisiones estratégicas del kirchnerismo pasan por Cristina. Kicillof no ha mostrado autonomía: cuando Cristina decidió que Massa fuera candidato presidencial en lugar de Kicillof, él aceptó sin chistar. Cuando Cristina define la línea política del espacio, Kicillof la sigue.
No es una debilidad menor para alguien que aspira a ser presidente. El peronismo valora el liderazgo fuerte. Si Kicillof no puede despegarse de la sombra de Cristina, su candidatura será vista como la de un delfín, no la de un líder con proyecto propio.
Además, Kicillof tiene un problema de llegada al interior del país. Su perfil es muy porteño-bonaerense. En provincias del norte y sur, donde el peronismo tiene fuerte arraigo territorial, Kicillof no genera entusiasmo. Gobernadores peronistas como Jalil, Llaryora y Quintela tienen más llegada local que él.
Kicillof ha hecho de la educación una de sus banderas de gestión. Construyó nuevas escuelas, mejoró edificios existentes y aumentó el presupuesto educativo. Pero los resultados de las pruebas Aprender y los operativos de evaluación nacional muestran que la calidad educativa bonaerense sigue estancada.
Los niveles de aprendizaje en lengua y matemáticas en secundaria son preocupantes: más de la mitad de los estudiantes no alcanzan los niveles esperados. La deserción escolar en el nivel medio sigue siendo alta, especialmente en los sectores más vulnerables del conurbano.
Invertir en infraestructura es necesario pero no suficiente. La calidad educativa depende de la formación docente, el currículo, la gestión escolar y las condiciones socioeconómicas de los estudiantes. Kicillof ha priorizado la inversión en edificios, pero no ha encarado reformas pedagógicas ni de gestión escolar.
El resultado es una paradoja: más escuelas, más presupuesto, pero los mismos problemas de aprendizaje. La educación bonaerense necesita una reforma integral que vaya más allá de los ladrillos. Kicillof no la ha encarado.