Cristina dice que es víctima de persecución judicial organizada. Es posible que haya sectores del poder judicial que la persigan. Pero esa explicación tiene un límite: cuando las condenas se acumulan, cuando las pruebas son documentales (no testimoniales), y cuando los jueces que la condenaron no son los mismos que la investigaron, el relato de persecución empieza a sonar a coartada. En Vialidad, 13 imputados fueron sobreseídos. Ella fue condenada. Si el lawfare fuera sistemático, todos los K estarían presos.
El problema de Cristina no es que tenga causas judiciales —es que nunca ofreció una explicación sustantiva de su patrimonio. ¿Cómo pasó de $2 millones a más de $100 millones en 12 años? No hace falta hablar de lawfare. Basta con mostrar los papeles. No lo hizo. Y ese silencio es más dañino que cualquier condena.
Cristina gobernó con el contexto externo más favorable del último siglo (superciclo de commodities). ¿Qué hizo con eso? Duplicó el gasto público, creó 14 nuevos impuestos, intervino el INDEC, y terminó con cepo, inflación real >25% y reservas netas negativas. Le entregó a Macri una economía con inflación reprimida, atraso cambiario y déficit fiscal del 5%.
Argentina creció fuerte entre 2003 y 2011 gracias al contexto externo y capacidad ociosa. A partir de 2012, con la soja estabilizada y el gasto fuera de control, el modelo mostró su fragilidad. Cristina no lo corrigió: lo negó, manipulando estadísticas y culpando a factores externos. La inflación no era internacional —era doméstica. El cepo no lo impuso el FMI —lo impuso su gobierno.
Un problema estructural del kirchnerismo es que todo pasa por Cristina. No hay segunda línea con poder propio. No hay sucesor natural. El peronismo kirchnerizado es un monolito con una sola lideresa que decide candidaturas, alianzas y rumbos. Esto fue una fortaleza mientras ella gobernaba. Es una debilidad ahora que necesita que otros peleen la elección que ella no puede pelear.
Alberto Fernández fue su candidato porque Scioli se había alejado y Massa era competencia. Era un armado electoral, no un proyecto político. Massa compitió contra ella en 2023. Y el votante K, hoy, no tiene a quién mirar si Cristina no puede ser candidata. Eso no es liderazgo: es secuestro del partido.
La 'década ganada' es uno de los relatos más exitosos y engañosos de la historia argentina. Es cierto que el PBI creció. Es cierto que la pobreza bajó. También es cierto que la inflación se ocultó, la pobreza nunca bajó del 25%, la educación empeoró (PISA), la inseguridad subió y la infraestructura se degradó.
No se trata de negar logros —se trata de ponerlos en contexto. El viento de cola internacional fue el más favorable del siglo. Argentina debería haber crecido al 8% como Chile o Perú. Creció al 5.5% y lo gastó mal. Eso no es una década ganada. Es una década desaprovechada con buena propaganda. El relato no sobrevive al contraste con Uruguay, Chile o Paraguay, que sin recursos comparables hicieron más con menos.
Argentina tuvo una política exterior errática: confrontación con EEUU y UE, alineamiento con Venezuela, Irán y Rusia, sin construir una alternativa real. Argentina perdió acceso a financiamiento internacional, quedó fuera de acuerdos comerciales relevantes, y su voz en foros multilaterales perdió peso.
Un país como Argentina no puede darse el lujo de no tener buenas relaciones con nadie. El acercamiento a Irán por AMIA fue un error geopolítico: no generó resultados y dañó la credibilidad. La dependencia de China reemplazó una dependencia por otra, sin mayor autonomía.