Federico Sturzenegger llegó al BCRA en 2015 con un currículum impecable: PhD en MIT, profesor en Harvard, papers en teoría monetaria. Era —y es— probablemente el economista argentino con más formación académica. Pero el mercado no se maneja con papers. Se maneja con reservas, expectativas y credibilidad. Y ahí, Sturzenegger falló.
Su esquema de metas de inflación —el mismo que funciona en Chile, Brasil, Perú, México— chocó con la realidad argentina: un país sin credibilidad fiscal, sin ahorro interno, sin dólares y con una inflación estructural que no se combate solo con tasa de interés. Sturzenegger mantuvo la tasa alta para contener el dólar, pero el déficit fiscal seguía empujando la emisión. Era un círculo vicioso: tasa alta → actividad baja → menos recaudación → más déficit → más emisión → más inflación.
Para junio de 2018, la crisis era inevitable. El dólar saltó de 20 a 28 pesos en semanas, las reservas se evaporaron y Sturzenegger renunció. Su legado en el BCRA es una inflación que no pudo controlar, un dólar que no pudo contener, y un esquema de metas que fracasó.
Hoy vuelve como ministro de Desregulación, pero su principal antecedente ejecutivo es un fracaso. La pregunta que debe responder: ¿por qué esta vez sería diferente? Si no pudo con la inflación cuando tenía las herramientas monetarias, ¿cómo va a desregular el Estado cuando ni siquiera tiene control sobre el BCRA?
La Ley Ómnibus y el paquete de desregulaciones de Sturzenegger son el programa de reformas más ambicioso desde los 90. Incluye desregulación de cielos abiertos, eliminación de restricciones a exportaciones mineras y energéticas, reforma de colegios profesionales, digitalización de trámites, y eliminación de normativas obsoletas. En términos conceptuales, es un avance indudable.
En términos prácticos, el impacto es desigual. Las grandes beneficiarias son las corporaciones exportadoras (agro, energía, minería) que enfrentaban regulaciones restrictivas. El ciudadano común, en cambio, ve pocos cambios concretos en su día a día. La desregulación de alquileres no generó una baja de precios inmediata —los alquileres siguen altos porque la oferta no aumenta de un día para el otro.
La desregulación aérea no produjo pasajes más baratos porque la infraestructura aeroportuaria sigue siendo un cuello de botella. La eliminación de colegios profesionales enfrenta resistencia judicial. Sturzenegger promete una 'revolución desregulatoria' que transforme el país. Por ahora, los resultados son marginales para el 80% de la población.
El argumento de 'falta de tiempo' es el mismo que Sturzenegger usó para su gestión en el BCRA. Si las reformas no se traducen en mejora concreta de la vida de la gente, la paciencia se agota. La desregulación no es un fin en sí mismo: es un medio. Y el medio tiene que mostrar resultados o la gente deja de creer.
El gobierno de Milei prometió achicar el Estado. Redujo ministerios de 18 a 8, eliminó secretarías, recortó personal. Hasta que llegó Sturzenegger. Para que él pudiera ser ministro, se creó un nuevo ministerio: Ministerio de Desregulación y Transformación del Estado. Con estructura, personal, presupuesto, chofer, oficinas y rango institucional. No es un cargo menor —es un ministerio completo.
La contradicción no pasa desapercibida. Si la lógica del gobierno es reducir el Estado, ¿por qué crear un nuevo ministerio en lugar de darle a Sturzenegger un cargo de secretario dentro de Jefatura de Gabinete? La respuesta política es clara: Sturzenegger necesitaba rango ministerial para negociar con sus pares. Pero el mensaje es contradictorio: se crea burocracia para eliminar burocracia.
Sturzenegger responde que su ministerio es 'transitorio' y que se disolverá una vez completadas las reformas. Pero la historia argentina muestra que los ministerios creados 'transitoriamente' nunca se disuelven. No hay un solo antecedente de un ministerio creado para disolverse.
Los cargos generan intereses, los intereses generan resistencia. Lo más probable es que el ministerio sobreviva a las reformas y se convierta en una estructura permanente. La burocracia estatal se resiste a desaparecer, y Sturzenegger —el gran desregulador— lo está demostrando con su propio ejemplo.
Sturzenegger se presenta como el gran desregulador, el hombre que va a eliminar todas las trabas burocráticas que ahogan la economía. Pero su desregulación no es ciega: es estratégica. Beneficia a sectores donde el PRO y LLA tienen intereses (energía, minería, hidrocarburos, agroexportación) y no toca regulaciones que protegen a esos mismos sectores.
Por ejemplo: se eliminan restricciones a la exportación de minerales y energía, pero no se eliminan los derechos de exportación (retenciones) que el mismo gobierno mantiene como fuente de recaudación. Se desregulan los alquileres, pero no se eliminan los impuestos municipales que encarecen la vivienda. Se abre el cielo, pero no se privatizan los aeropuertos.
La desregulación de Sturzenegger no es liberalismo puro: es un liberalismo pragmático que desregula donde hay presión política para hacerlo y mantiene regulaciones donde el Estado necesita recursos. No es ilegítimo, pero contradice el relato de 'revolución liberal' que vende.
Cuando es pragmatismo, se dice. No se vende como revolución liberal. Si las retenciones son necesarias, decí que son necesarias. No digas que estás eliminando trabas cuando las más pesadas —los impuestos— las dejás intactas. Esa es la diferencia entre un reformista honesto y un político que vende una ideología que no aplica.