Milei se presenta como anarcocapitalista, pero su programa de gobierno —superávit fiscal vía motosierra, desregulación, apertura comercial, reforma laboral parcial— es el manual clásico del FMI con esteroides. No hay eliminación del Estado, hay redimensionamiento. No hay abolición de impuestos, hay reestructuración. No hay dolarización ni cierre del BCRA, hay gradualismo cambiario. La brecha entre lo que predica y lo que hace no es táctica: es estructural. Su teoría es incompatible con su práctica porque el anarcocapitalismo no se puede implementar gradualmente.
El problema no es que sea un mal anarcocapitalista —el problema es que vende su gestión como revolucionaria cuando es un ajuste fiscal duro pero perfectamente convencional. La motosierra suena radical. El superávit primario es ortodoxia pura. Si mañana lo hiciera un ministro de Macri, nadie usaría la palabra 'anarcocapitalismo'.
La tradición liberal clásica (Locke, Montesquieu, Hayek) desconfía profundamente del poder ejecutivo sin contrapesos. Milei gobierna con un récord de DNU, veto sistemático a leyes del Congreso y confrontación directa con gobernadores elegidos democráticamente. Su argumento es que 'la casta se resiste' y que el poder se lo dio el pueblo. Ese argumento lo usaron todos los autoritarios. El liberalismo no es un programa económico con un déspota ilustrado al mando. Si el Congreso elegido por el pueblo te frena, la respuesta liberal no es patear el tablero: es convencer, negociar, construir mayorías.
No es autoritarismo en el sentido clásico —no hay presos políticos ni medios clausurados. Pero es una erosión del equilibrio de poderes que, sostenida en el tiempo, deja instituciones debilitadas para el que venga después.
La pobreza superó el 50% en el primer semestre de 2024, la más alta en 20 años. La indigencia se duplicó. La obra pública —que incluye viviendas sociales, hospitales y escuelas— se paralizó por completo. No hubo una política de contención social paralela al ajuste. El argumento oficial es 'no hay plata', lo cual es cierto. Pero la pregunta es quién pagó el ajuste. Los salarios reales cayeron, las jubilaciones perdieron contra la inflación, y el gasto social se redujo en términos reales.
Milei responde que 'heredó una catástrofe' y que sin ajuste no hay futuro. Es cierto. Pero la ausencia de una red de contención no es un error técnico: es una decisión política. Su gobierno eligió que el ajuste lo paguen los sectores más vulnerables, sin compensación ni gradualismo.
El plan económico tiene un talón de Aquiles evidente: el tipo de cambio real está apreciado, las reservas netas del BCRA siguen siendo negativas, y no hay acceso a los mercados internacionales de crédito. El superávit fiscal se logró en parte postergando pagos (a importadores, a provincias, a jubilados). La salida del cepo, prometida para 2024, llegó recién en abril de 2025 y solo para personas físicas. Argentina necesita dólares para crecer, y no está claro de dónde van a salir. El RIGI puede atraer inversiones mineras y energéticas, pero son proyectos a 3-5 años.
El riesgo es que el gradualismo cambiario derive en un nuevo atraso —como en 2017-2018— y termine en otra devaluación brusca. Milei tiene una ventaja que Macri no tuvo: credibilidad fiscal. Pero la credibilidad cambiaria se construye con dólares, y el BCRA no los tiene.
Milei no tiene diputados ni senadores suficientes para gobernar sin acuerdos. Su estrategia ha sido la confrontación permanente: con gobernadores, jueces, la UCR, el peronismo dialoguista, medios, sindicatos. La única alianza que consolidó fue con un sector del PRO. No construyó puentes con el radicalismo, no cooptó sectores del peronismo moderado, no formó cuadros políticos propios.
Gobernar por DNU y veto no es una estrategia de gobierno: es una estrategia de campaña permanente. Funciona mientras la economía dé resultados. El día que tropiece —y todas las economías tropiezan— no va a tener base política que lo sostenga.