Jorge Macri llegó a Jefe de Gobierno con el discurso de 'ordenar la Ciudad'. El orden que aplica tiene una dirección geográfica clara: el Norte de CABA recibe inversión, seguridad, espacios verdes y subtes. El Sur —Villa 31, Barracas, Lugano, Soldati— recibe contravenciones y promesas incumplidas.
La brecha Norte-Sur de CABA no es nueva, pero bajo la gestión Macri se profundizó. No hay un plan integral para el Sur. No hay inversión en vivienda social en las zonas más postergadas. La reforma del Código Contravencional no vino acompañada de políticas de inclusión: se castiga la pobreza sin ofrecer alternativas.
El orden que Macri pregona no es el de la igualdad de oportunidades: es el orden estético que la clase media y alta del Norte porteño reclama. Mientras tanto, los vecinos del Sur siguen esperando el subte, la cloaca, el pavimento.
Jorge Macri llegó al cargo con una relación ambigua con Milei. Durante la campaña, se diferenció de Larreta acercándose al discurso libertario. Una vez en el gobierno, votó todas las leyes clave del oficialismo: Ley Ómnibus, RIGI, reforma laboral, ajuste fiscal. Pero al mismo tiempo, reclama fondos que la Nación le debe a CABA por coparticipación y por el traspaso de la Policía Federal.
Es una coreografía extraña. Acompaña el ajuste nacional que recorta fondos a la Ciudad mientras pide que le devuelvan la plata. Vota las reformas que empobrecen a sus propios vecinos mientras dice 'yo no estoy de acuerdo con todo'. Es la ambigüedad programática de un dirigente que quiere estar bien con Dios y con el Diablo.
El resultado es que no termina de construir una relación de cooperación genuina con Nación ni de erigirse como líder de la oposición metropolitana. Queda en tierra de nadie.
Macri aumentó el presupuesto de seguridad un 30% y sumó 5.000 efectivos a la Policía de la Ciudad. Bajó los índices de delitos callejeros en el Centro y el Norte. Pero lo hizo a costa de un modelo que confunde seguridad pública con control social.
La reforma del Código Contravencional tipifica como delito la ocupación del espacio público —dormir en la calle, vender en la vereda, cartonear— con multas que un ciudadano en situación de calle no puede pagar y arresto que equivale a criminalizar la pobreza. No es seguridad: es limpieza social con nombre bonito.
Además, los delitos complejos —narcotráfico, ciberdelito, lavado— no se redujeron. La inseguridad que realmente preocupa a los porteños de clase media (entraderas, motochorros, robos violentos) sigue en niveles similares. Lo que bajó es el delito callejero visible, porque hay más policía. Pero tener más policía no es lo mismo que tener seguridad.