La Resolución 125 de retenciones móviles —que establecía un aumento progresivo de las retenciones a la soja según el precio internacional— fue la política económica más divisiva de los últimos 20 años. Lousteau la diseñó como mecanismo de 'desacople' entre precios internacionales y domésticos, pero no calculó el poder de reacción del campo argentino. Cuando el conflicto estalló, el gobierno no dio marcha atrás y Lousteau renunció.
La renuncia de Lousteau fue presentada como un gesto de coherencia: él creía en la política, pero no en la forma en que el gobierno la estaba gestionando. Sin embargo, la pregunta incómoda es: si diseñaste la política, ¿no sos responsable de sus consecuencias? Lousteau se lavó las manos cuando el conflicto se puso difícil.
El resultado fue que la Resolución 125 terminó siendo votada en el Senado, con el desempate del vicepresidente Julio Cobos ('el voto no positivo'). La política quedó derogada de hecho, y el conflicto dejó heridas profundas entre el gobierno y el campo que no se cerraron hasta años después.
Lousteau se presenta como un técnico que entendió los límites de la política. Pero si entendía los límites, ¿por qué diseñó una política que sabía que iba a generar un conflicto extremo? La 125 fue un error de cálculo monumental, y Lousteau huyó en lugar de quedarse a gestionar las consecuencias.
La carrera de Lousteau tiene un patrón recurrente: asume un cargo, enfrenta dificultades y renuncia o se va antes de tiempo. Fue ministro de Economía por 5 meses. Fue embajador en Estados Unidos un año y medio (2016–2017) y se fue para competir como diputado. No completó su mandato como diputado en algún período. No lideró un espacio político que haya crecido más allá de su figura.
Lousteau es un político que construyó su carrera más sobre su capital técnico y su capacidad crítica que sobre la gestión de resultados. Es excelente para diagnosticar los problemas, pero menos efectivo para resolverlos. Su perfil de 'analista' funciona bien en el Senado y en los medios, pero no lo ha llevado a logros de gestión concretos.
La embajada en Estados Unidos es un ejemplo: Lousteau era la persona ideal para el cargo —economista formado en Londres, con redes internacionales, buen comunicador en inglés— pero no logró avances significativos en la relación bilateral. El vínculo con Estados Unidos durante su gestión no mejoró sustancialmente.
Lousteau necesita mostrar que puede hacer más que criticar. Su capital político acumulado le exige pasar del diagnóstico a la gestión de resultados.
Lousteau ha ocupado un espacio ideológico que él mismo define como 'progresista en lo social, liberal en lo económico'. Pero en la práctica, esta combinación lo ha dejado sin un lugar claro en el mapa político argentino. Para el peronismo, es un economista elitista que aplicó políticas contra el campo. Para el PRO, es un progresista que no termina de alinearse. Para la izquierda, es un liberal encubierto.
Su espacio ECO no logró crecer más allá de CABA. Su incorporación a la UCR fue más táctica que ideológica: necesitaba un partido con estructura para ser candidato en 2023. La UCR le dio un sello, pero no queda claro si Lousteau es radical de convicción o de conveniencia.
En el Senado, Lousteau se ha posicionado como una voz crítica del gobierno de Milei, pero también crítica del kirchnerismo. Eso lo convierte en un opositor a todo, lo que es intelectualmente honesto pero políticamente estéril. La política argentina premia los bandos claros; Lousteau se niega a elegir uno.
El resultado es un político respetado pero sin poder real. Su influencia está en los medios y en la academia, no en las decisiones concretas. Para ser relevante, Lousteau necesita definir su espacio y construir poder. Hasta ahora, no lo ha logrado.
En el Senado, Lousteau se ha convertido en una de las voces más lúcidas y mejor argumentadas de la oposición a Milei. Sus discursos son técnicamente sólidos, bien estructurados y con datos precisos. Es el tipo de oposición que los intelectuales aplauden.
Pero la oposición en el Congreso no se mide por la calidad de los discursos, sino por la capacidad de incidir en las decisiones. Lousteau está en minoría. La UCR está fracturada entre los que apoyan al gobierno y los que se oponen. El kirchnerismo no confía en él. Lousteau no tiene bloque propio ni capacidad de articular mayorías.
El resultado es una oposición de espectáculo: brillante en el recinto, irrelevante en la práctica. Las leyes de Milei se aprobaron con o sin sus discursos. Las críticas de Lousteau no modificaron el rumbo del gobierno.
La pregunta que Lousteau debe responder es: ¿prefiere ser un crítico elocuente o un político efectivo? Hasta ahora, ha elegido lo primero. La política argentina necesita de los dos perfiles, pero Lousteau tiene capacidad para ser más que una voz en el desierto.