Macri heredó una economía con problemas pero con acceso al crédito internacional cerrado. Su principal logro —abrir el mercado de crédito— se convirtió en su mayor fracaso: Argentina tomó deuda por más de 100.000 millones de dólares durante su gestión, pero el PBI cayó en dos de sus cuatro años y el crecimiento acumulado fue apenas del 0.5% anual promedio. El crédito no se transformó en inversión productiva: se fue en fuga de capitales, importaciones suntuarias y sostén de un tipo de cambio atrasado.
La crisis de 2018 fue original: Argentina perdió acceso a los mercados internacionales no por un shock externo clásico, sino por la pérdida de confianza en la capacidad del gobierno de sostener el programa económico. Macri tuvo que recurrir al FMI en el crédito más grande de la historia del organismo: 57.000 millones de dólares. El desembolso frenó la corrida cambiaria, pero a costa de un ajuste fiscal que profundizó la recesión.
El legado económico de Macri es contradictorio: logró ordenar las estadísticas y eliminó distorsiones heredadas, pero su modelo —endeudamiento externo con apertura financiera y atraso cambiario— ya se había probado fallido en 2001. Macri repitió los errores de la Convertibilidad en versión moderada.
El resultado final: dejó una inflación de 54%, una pobreza del 35.5%, un desempleo del 9.8% y una deuda pública récord del 89% del PBI. Ninguna variable macroeconómica clave estaba mejor que cuando asumió.
El gobierno de Macri llegó al poder prometiendo 'la vuelta al mundo de la transparencia' y 'fin de la impunidad K'. Sin embargo, su gestión acumuló denuncias graves: espionaje ilegal a familiares de los tripulantes del ARA San Juan, uso de la AFI para operaciones políticas contra kirchneristas y medios afines, y la controvertida actuación de la justicia federal en causas contra Cristina Kirchner.
El caso del ARA San Juan es emblemático. Mientras el submarino desaparecía en noviembre de 2017, los servicios de inteligencia espiaban a los familiares de las víctimas. Cuando se filtró la información, el gobierno intentó desviar la atención hacia supuestas infiltraciones kirchneristas.
Además, durante su gestión se filtraron chats de la causa 'Cuadernos de la corrupción' que mostraban un vínculo entre el periodista Jorge Lanata, el fiscal Stornelli y el gobierno. También se denunció el uso de la AFI para armar causas contra opositores (lawfare).
Macri no creó un sistema de corrupción como el kirchnerismo, pero sí utilizó las herramientas del Estado para perseguir adversarios y proteger a aliados. Su promesa de transparencia no incluía transparencia sobre su propio gobierno.
El eslogan 'pobreza cero' fue la promesa más potente de la campaña de Macri. El resultado fue exactamente el opuesto: la pobreza subió de 29% a 35.5%. La indigencia también aumentó. El empleo no registrado se mantuvo en torno al 35%. Y los programas sociales, como la AUH, se mantuvieron pero perdieron poder de compra.
Macri argumentó que la pobreza era heredada y que su gobierno necesitaba tiempo. Pero la tendencia fue inequívocamente negativa: la pobreza bajó a 25.7% en 2017 (por el rebote post-crisis K) pero volvió a subir con fuerza en 2018-2019. Es decir, el modelo macrista generaba crecimiento de baja intensidad y fragilidad externa que terminaba descargándose sobre los sectores más vulnerables.
Los datos de la UCA mostraron que la movilidad social descendente se aceleró durante su mandato: sectores medios cayeron a la pobreza y pobres pasaron a la indigencia. Las paritarias perdieron sistemáticamente contra la inflación, y la pérdida de poder adquisitivo fue generalizada.
No se trató de una mala gestión: fue el resultado esperable de un modelo que priorizaba la apertura financiera, el atraso cambiario y el ajuste fiscal por sobre la protección social.
El PRO es el partido político más exitoso de la centroderecha argentina en democracia. Logró algo que la UCR no pudo: construyó una identidad, una marca y una estructura territorial. Sin embargo, la institucionalidad partidaria fue siempre débil. El PRO dependió de la figura de Macri, sus vínculos empresariales y su capacidad de financiamiento.
Cuando Macri se fue del gobierno, el PRO entró en una crisis de identidad. Sin el poder del Ejecutivo, las internas se profundizaron. La disputa entre el sector 'halcón' (Macri, Bullrich) y el 'moderado' (Larreta, Lousteau) partió al espacio en dos. La derrota de 2023 profundizó la fractura.
Macri no formó una segunda línea de liderazgos fuertes. Cuando él no estaba, el partido quedaba a la deriva. No diseñó mecanismos de sucesión ni promovió la emergencia de nuevas figuras con peso propio.
Hoy el PRO es un partido dividido entre los que apoyan a Milei (Macri, Bullrich) y los que resisten (Larreta, radicales). La fragmentación del espacio es en parte responsabilidad de Macri: su estilo de conducción verticalista impidió la consolidación de una dirigencia colegiada.