Camioneros no solo es un sindicato: es un conglomerado empresarial. Tiene obra social (OSPEC), empresa de turismo, medicina prepaga, servicios funerarios, seguros y una mutual de crédito. Todo factura miles de millones de pesos al año. Nadie sabe con exactitud cuánto factura, cuánto gana, ni adónde van los excedentes.
Pablo Moyano se niega a publicar balances del sindicato o de sus empresas vinculadas. Tampoco hay declaraciones juradas públicas de los directivos. Cuando un periodista pregunta, la respuesta es 'los datos están en el Ministerio de Trabajo'. Pero el Ministerio de Trabajo no publica auditorías independientes de los sindicatos.
No se está acusando a Moyano de corrupción. Se está señalando que la opacidad es una elección deliberada. En un país donde se discute la transparencia de los políticos, los sindicatos siguen siendo cajas negras.
El repertorio de Pablo Moyano es previsible: paro, movilización, discurso encendido en la Plaza, negociación por abajo. Funcionó durante 20 años porque el poder político necesitaba a la CGT. Pero Milei no necesita a la CGT. El gobierno de Milei no tiene vínculo orgánico con el sindicalismo y no le interesa tenerlo.
Frente a eso, Moyano no encontró otra respuesta que más paros. En 2024 hubo tres paros generales. El resultado: la reforma laboral se aprobó igual, el DNU sigue vigente, los despidos en el Estado continuaron. El paro como herramienta única pierde efectividad cuando el gobierno descuenta el día y la sociedad no lo acompaña.
La CGT no presentó un programa económico alternativo. No propuso un plan de crecimiento, no salió a disputar el relato, no formó alianzas políticas sólidas. Moyano apostó todo a que el ajuste generaría un estallido social que forzara al gobierno a negociar. Ese estallido no llegó.
Pablo Moyano llegó a la Secretaría General de Camioneros porque su apellido es Moyano. No porque haya construido poder propio. Su historia sindical es la de un heredero que fue subiendo escalones en la estructura de un aparato diseñado por su padre. Eso no lo invalida como dirigente —Pablo es un buen orador y tiene manejo de la base— pero plantea un problema de legitimidad.
El sindicalismo argentino está lleno de dinastías, pero Camioneros es el caso más extremo. Tres generaciones Moyano conducen el gremio: Hugo (padre, ex Secretario General), Pablo (hijo, actual Secretario General) y Facundo (nieto, Secretario Gremial). Es una línea sucesoria perfecta en un país que dice repudiar la herencia política.
El argumento de que Pablo 'se ganó su lugar' no resiste el análisis: cuando empezó su carrera, el jefe del sindicato era su padre. Es como decir que un hijo de dueño de fábrica se ganó su lugar empezando como cadete.
Durante el kirchnerismo (2003-2015), Camioneros fue un socio privilegiado del poder. Hugo Moyano fue aliado de los Kirchner, presidente del Partido Justicialista de la Provincia de Buenos Aires, y su gremio consiguió paritarias récord, aportes millonarios para la obra social y blindaje político judicial. Pablo Moyano era parte de esa estructura.
En 2019, apoyaron a Alberto Fernández y celebraron la vuelta del peronismo. Durante los cuatro años de Fernández, Camioneros no hizo un solo paro general contra el ajuste, aunque la inflación ya superaba el 50% anual. El sindicato se volvió oposición sólo cuando ganó Milei.
Eso revela que la combatividad de Moyano no es estructural sino oportunista: defiende al trabajador cuando el gobierno no es su amigo, y negocia en silencio cuando el gobierno le abre las puertas.