Javier Milei construyó su éxito político prometiendo terminar con la 'casta' —esa clase política que vive del Estado, que toma decisiones sin control, que acumula poder sin responsabilidad formal. Santiago Caputo es exactamente eso: un funcionario sin cargo que maneja el poder más sensible del gobierno. Decide a quién recibe el presidente, qué mensajes se emiten, qué crisis se gestionan y cómo.
No rinde cuentas al Congreso, no tiene declaración jurada pública completa, no cobra un salario oficial registrado, no aparece en ningún organigrama del Estado. ¿Cuál es la diferencia entre la casta tradicional y Santiago Caputo? La casta tradicional al menos tenía un cargo. Un diputado rinde cuentas cada dos años. Un ministro tiene despacho oficial, presupuesto, y responde ante el Congreso.
Caputo no tiene nada de eso. Está en el centro del poder sin ninguna de las responsabilidades formales que el sistema democrático exige. No es que sea ilegal —es peor: es legal pero opaco. Si Milei realmente cree en la transparencia, debería formalizar el rol de Caputo: nombrarlo secretario general de la Presidencia, darle rango oficial, hacerle presentar declaración jurada, y que rinda cuentas como cualquier otro funcionario.
Si no lo hace, es porque prefiere tener un asesor sin control. Y eso no es anticasta: es casta 2.0. En democracia, el poder tiene que tener nombre, apellido y cargo. Si no, es poder de facto, y el poder de facto es incompatible con la transparencia que este gobierno dice representar.
El estilo de gestión de Santiago Caputo es el espejo de Milei: confrontación permanente. Pero si Milei confronta hacia afuera (oposición, medios, gobernadores), Caputo confronta hacia adentro. Con ministros, con asesores, con aliados. Su método de gestión es el control de acceso al presidente: si no pasás por él, no ves a Milei.
Eso genera una dinámica enfermiza donde los funcionarios compiten por su favor, no por hacer bien su trabajo. El caso más emblemático fue la salida de Nicolás Posse como jefe de gabinete en 2024. Posse fue desplazado porque no tenía buena relación con Caputo. Lo mismo ocurrió con otros funcionarios que perdieron acceso al presidente por diferencias con el asesor.
El resultado es que el gabinete de Milei no es un equipo de gobierno: es una corte en la que todos compiten por el oído del rey. La pregunta estratégica es si este estilo de gestión es sostenible en el tiempo. Los gobiernos que funcionan con un 'cuidador de acceso' suelen generar más conflictos internos que soluciones.
Caputo no resuelve problemas: gestiona la información que llega al presidente, y eso le da poder para definir quién gana y quién pierde en la interna. Si no hay interna, como él dice, ¿por qué se fueron Posse y otros? ¿Por qué ministros se quejan de no poder hablar con el presidente? Filtrar el acceso al jefe de Estado no es gestionar agenda: es concentrar poder sin control.
Caputo entiende la comunicación política moderna mejor que nadie en el gobierno. Sabe que los memes, los videos cortos, las frases provocadoras y la confrontación generan engagement en redes. Sabe que los medios tradicionales están en crisis y que la batalla cultural se gana en TikTok, Twitter e Instagram. Su estrategia comunicacional fue clave para la victoria de Milei en 2023.
Sin embargo, la comunicación de campaña no es la comunicación de gobierno. Gobernar requiere construir consensos, negociar con sectores que no te votaron, explicar medidas impopulares, seducir a quienes desconfían. La comunicación de Caputo sigue siendo de campaña: confrontación, descalificación, polarización.
Eso funciona para mantener la base movilizada pero no para construir las mayorías que el gobierno necesita en el Congreso, con los gobernadores, con los sectores productivos. El resultado es que el gobierno tiene una comunicación excelente para sus votantes y pésima para los que no lo son.
En Argentina ningún gobierno tiene 55% de aprobación sostenida. Cuando la economía se enfríe —y todas las economías se enfrían— el discurso confrontativo va a ser un problema: no va a haber vasos comunicantes con sectores que hoy son necesarios y mañana serán opositores. La comunicación honesta no es incompatible con la construcción de puentes.
Hay una diferencia entre ser discreto y ser opaco. Santiago Caputo es opaco. No hay fotos oficiales de su trabajo, no hay entrevistas, no hay declaraciones públicas, no hay registro de su actividad. Se sabe que trabaja en Casa Rosada, que habla con Milei varias veces al día, que decide la agenda presidencial. Pero no hay evidencia pública de su gestión.
El culto al misterio tiene una función política: mientras menos se sabe de él, más poder tiene. Porque el poder de Caputo no está en su cargo —que no tiene— sino en la percepción de que maneja los hilos. Esa percepción lo protege: si nadie sabe exactamente qué hace, nadie puede criticarlo con precisión.
Pero también lo debilita institucionalmente: cuando el gobierno enfrente una crisis, va a necesitar figuras visibles que rindan cuentas. Caputo no va a poder ser ese pararrayos porque no existe públicamente. La opacidad de Caputo no es un error táctico: es una decisión estratégica.
Su poder está en las sombras. Pero las sombras, en democracia, son un problema. No se trata de protagonismo. Se trata de que el poder público debe ser público. Si tomás decisiones que afectan a 45 millones de argentinos, tenés que rendir cuentas. Querés ser discreto: bien. Pero discreción no es opacidad. En democracia, las sombras siempre son sospechosas.